Presentación del libro “Flores de Sangre” de Judith Ress

Ivone Gebara, religiosa , teóloga eco feminista y filósofa escribió la reseña del libro de  nuestra querida Judith Ress.

“Fascinada por la novela de Judith Ress empiezo mi presentación por el sugestivo e intrigante título “Flores de Sangre”. ¿Por qué la autora lo eligió como título? ¿Mezclar flores y sangre?¿Ubicar estas flores de Chile a El Salvador como si en este medio y desde él hubieran nacido flores de sangre? ¿Sangre de quién? ¿Qué analogía inusitada? Como si la sangre nutriera el nacimiento de flores…libro judith

Les confieso que nunca pregunté a mi amiga Judy el por qué del título. Pienso que está bien que no lo haya hecho
porque me da más libertad de interpretarlo y tejer comentarios sobre la belleza de la novela a partir de él. No pienso que el título signifique el martirio de las mujeres, aunque algunos aspectos de la vida de las monjas y campesinas en la novela y en la realidad latinoamericana nos llevarían en esta dirección. Pienso que son más bien protagonistas éticas y políticas apasionadas que desde su cotidianidad subvierten códigos culturales y religiosos. ¡Martirio me suena muchas veces a algo muy masculino y muy patriarcal! Me hace pensar en la etimología de la palabra  que tiene que ver con testigo. Un mártir es un testigo de su fe y por eso mismo sufre tormentos y persecución hasta la muerte. Hasta ahí está bien… Pero, si seguimos un poco más lejos, si entramos en la historia de la vida íntima de las palabras vamos a encontrar la etimología de ‘testigo’ y curiosamente la palabra viene del latín testis, raíz de donde se origina también la palabra testículo. En muchas culturas antiguas los hombres juraban y se convertían en testigos sosteniendo sus testículos en la mano derecha. Es quizás algo sin importancia pero esas sutilezas de la etimología y del origen de las palabras revelan camadas olvidadas de nuestra estructura psíquica, cultural y religiosa. Nos invitan a pensar, a encontrar conexiones, a buscar otras expresiones.

Luchar por la justicia en las relaciones humanas, vivir en la cercanía de los pobres con amor y solidaridad por elección es simplemente vida, una vida, muchas vidas. La glorificación de  los que lucharon en vida y después de muertos  son transformados en mártires es un artificio que no siempre nos hace descubrir la complejidad de lo cotidiano, de sus trampas, imprevistos y extraordinaria belleza.

Lo que llamamos martirio en nuestra tradición occidental es muchas veces el consuelo de una lógica de violencia social y política  que las religiones utilizan para hacer soportable el dolor de la pérdida. Pienso que es por la vida que se vive y es por la vida que Meg, Theo, la “reina madre”, las mujeres campesinas de El Salvador, Chile y tantas personas han vivido. No hay premios eternos… lo que hay son  convicciones, recuerdos, memorias llenas de ternura como nos regala Judy en su preciosa novela. Hablar de martirio es de alguna manera acentuar el círculo de la violencia otorgando un premio al que fue violentado o a la que muere por la estúpida violencia de otros. Puedo entender la lógica de la proclamación de mártires en el Cristianismo hasta como lógica de seguimiento, pero pienso que tenemos que quebrarla o transformarla. Las muchas mujeres que en América latina han perdido hijos, esposos, hermanos, padres y amores han probado el sabor amargo y trágico de la pérdida mortal y se han rehusado a querer que los suyos sean convertidos en mártires. La muerte injusta aunque por hacer justicia no puede ser exaltada. La muerte injusta de los “buenos” con las armas fabricadas por los “malos” solo acentúa una lógica perversa y una dicotomía que es urgente superar. Los mismos vendedores de armas sirven a los dos lados o quizás a más lados en los conflictos cotidianos. Por eso “Flores de sangre” es memoria de la creatividad de la sangre femenina en la vida. Es la demostración de que hay cosas creativas que van desde y para muchas direcciones que sólo un cuerpo de mujer puede vivir. Sólo mujeres singulares como los personajes de Judy pueden defender vidas sin armas de guerra, pueden crear nuevos alientos y esperanzas, pueden quedarse pegadas a la existencia de cada día y compartir el pan como momento de amor y justicia.

Descubrimos en la novela que hay otra tradición que es más femenina que la del martirio y que está en el Epílogo. Se trata de la tradición de las/los “traga pecados”. Esta tradición desde mis ojos y mi sentir la vida ha atravesado toda la novela de Judy, pues la mayoría de los personajes femeninos y algunos masculinos la han vivido en profundidad. Aunque sólo se habla  explícitamente de eso en el final, este hilo atraviesa toda la novela y ha construido complicidad y solidaridad entre los personajes y entre ellos y ellas con los/las lectoras.

“Hay traga pecados en todas las tradiciones espirituales.[1] Y porque nos aman, estos dioses y diosas comen nuestra vergüenza, tragan nuestra porquería y cargan nuestra culpa. En nuestra tradición cristiana tenemos por supuesto a Cristo, que cargó sobre sí mismo todos los pecados del mundo para que pudiéramos ser redimidas”. “Pienso que tu fuiste mi propia traga pecados, Theo” [2]

Esta confesión escrita de Meg a Théo revela aspectos de esta tradición humana que tiene caras diferentes según las culturas, pero siempre aparece y reaparece como para recordarnos la interdependencia de unos con los otros/as. Ella es parte de la necesidad humana de “cargarnos los fardos unos de otros” para vivir y sobrevivir.

Pienso que entre las mujeres hay y siempre ha habido algo de especial relativo a la experiencia de ‘traga pecados’. Cada vez que la angustia y el miedo nos confunden la vida, cada vez que el dolor nos impide respirar, cada vez que la distancia nos separa de quienes amamos, la necesidad del “traga pecados” se presenta. Cada vez que las dudas asolan nuestros cuerpos y traban el curso de la  vida buscamos las “traga pecados”…

¿A quién contar, con quién vaciar el peso de las sombras que nos sofocan el pecho? Cercanía y palabra se hacen necesarias… Sacan afuera  secretos, miserias y hacen que las palabras expresas se ajusten un poco más a lo que se siente y liberen así el peso del sufrimiento…  La solidaridad entre nosotras se hace carne, pulsa como la sangre. Lo que vivimos como debilidad y dolor, como miedo y pasión, como muerte que se anuncia, es aceptado por la otra sin juzgamiento y esto nos sostiene y ayuda a caminar adelante. La amistad entre las monjas de la novela es un ejemplo típico de la experiencia crística del “traga pecados”. Un sentido nuevo, una teología quizás renovada se dibuja desde la vida de los personajes. Lo crístico ya no se afirma de forma absoluta y abstracta  en relación a Jesús Cristo como una adquisición dogmática o un concepto estático, sino en la movilidad de la vida y en cada vida que se torna “traga pecados” para la otra. Ya no se afirma más únicamente de forma masculina jerárquica como en las teologías oficiales, sino que como una mirada tierna desde los ojos, desde los oídos, desde el calor envolvente de un abrazo, desde la capacidad de desnudar el alma frente a una amiga y sentir el desnudamiento acogido. Esto revela que en lo que se llama Historia oficial de las luchas libertarias en América latina hay otras historias poco contadas que atraviesan las historias oficiales. Son historias del alma, amistades del alma vividas desde el cuerpo como único lugar de nuestra vida. Judy Ress ha sabido contarlas y rescatar su fuerza poética y política dibujando un realismo emocionante en sus personajes a punto de envolver las lectoras en la misma narración.

Historias dentro de historias, guardadas en alguna historia sin oficialidad reconocida… “Novela histórica” que mucha gente no cree que sea Historia real, acontecimiento de vidas sacado del cotidiano escondido, de lo que no aparece, de lo que es casi prohibido que aparezca. Historia diferente de la historia oficial sobre  mujeres y hombres “consagrados” a Dios, algunos/as héroes y heroínas dando la vida y en la práctica de la caridad. En la “novela histórica” de Judy Ress salimos de la “perfección” impuesta por los credos religiosos o por una imaginación perfeccionista, salimos de las creencias hechas, de un Dios blanco perfecto y puro que desde los cielos me juzga por mi impureza e imperfección…Salimos también del modelo rígido y controlado de seguimiento del Evangelio según modelos pre-fijados. Entramos en la mezcla de la vida, en la cotidiana impureza, en la belleza de la diversidad incluso diversidad de las impurezas, en el cansancio de copiar ideales abstractos e invenciones que esclavizan la vida… Sudor, sangre, besos robados, cuerpos heridos, olor de cocina buena, frescor del agua en el cuerpo aunque sea sucia, cerveza aunque sea caliente, hamaca en una sombra inesperada, pies sin zapatos y cuerpo sin hábito. Acogida de lo que llega como vida donde ya no se sabe por dónde van las cosas ni cuando va a llegar el amanecer. Ya no se piensa en “transformar la débil carne humana en una masa de santidad” [3] como escribía Meg en su diario de joven monja. Se quiere vivir, sobrevivir en la vida cambiante de cada día. El reto no es seguir el modelo establecido sino el encuentro con la gente y con nosotras mismas en un mundo más complejo que el de los ideales enseñados.

En la novela de Judy Ress leemos otra historia, más allá de un cuento de monjas santas y obedientes, más allá de lo que se sabía y se pensaba de la vida de las monjas. Monjas con cigarrillos, monjas que se bañan desnudas, que se enamoran, que se abrazan, que se exponen a los peligros de miradas llenas de codicia y suciedad, que se atreven a esconderse con guerrilleros, a protegerlos… Monjas que hablan fuerte, que denuncian a los poderosos, a los engañadores del pueblo… Quizás muchos pensarán de inmediato que “esto ya no es más vida religiosa, vida consagrada a Dios”. Y esto porque encuadraran  a Dios en un modelo fabricado por ellos mismos y sin darse cuenta lo someten a sus leyes y someten a otras/os a esta invención tan poderosa y castradora.

La “novela historia” es dedicada a cuatro mujeres norte-americanas muertas en El Salvador,  cuatro  mujeres que se aventuraran a querer salvar el mundo de la injusticia, de la pobreza y de la violencia. Pero no retrata sus vidas, refleja la vida de otras tantas monjas y revela en medio una historia de lucha por la dignidad humana, la historia de las pasiones del alma. Las pasiones del alma nunca han sido objeto de búsqueda de los historiadores y todavía menos de los historiadores de la Iglesia. Judy nos abre otras ventanas introduciendo las historias del alma femenina en la Historia de la Iglesia y en la Historia de América latina. Nos invita a pensar la influencia de nuestras pasiones en el curso de la historia personal y en las políticas de cada día. Las saca de lo escondido, de lo irrelevante, de lo aparentemente pequeño de las emociones para meterlas ahí en la vida como fuerza del mismo protagonismo por la justicia y el amor recíproco. Las pasiones tan plurales como la vida se muestran en las personajes como expresión del vigor de su ser y nutriendo su compromiso. Y, en cierto sentido, contrariando la “pura” historia de la Iglesia donde las monjas obedientes sólo ven a ángeles y hablan a Jesús; las de la novela son pasión, lágrimas y canción de vida y de muerte en carne y hueso. Ellas que se presentan como siguiendo un sueño de un Dios hecho hombre se aventuran a creer que su vida de seguimiento de Dios es en medio de los caminos cotidianos llenos de basura, sudor y pasión. El ‘seguimiento’ se cambia en acogida de la vida como a ellas se les presenta sin modelos pre-establecidos. ¡Qué atrevimiento! Qué locura pensarse realizando el deseo de un Dios de la forma como ellas lo estaban viviendo en Chile y El Salvador… Y ellas así lo creían y lo creyeron hasta la muerte.  Más que eso, se sentían quizás ellas mismas como diosas frágiles decidiendo los caminos de su vida llenos de imprevistos buenos y malos. La vida, los planes no están allá, ni afuera, ni en los cielos, ni en la Biblia… se viven acá en medio del olor de pólvora, sangre y tierra… en medio de los tiros de una guerra fratricida infame como todas las guerras… en medio de la sonrisa de los niños, de sus lágrimas y del dolor alegre de nuevos nacimientos.

La conversión al presente, el amor al presente, un amor tierno y duro a la vez, un amor lleno de trampas y de momentos de ternura se dibuja como el amor de cada día, el amor como ‘pan nuestro’ cotidiano que pedimos que no nos falte…

 

Pienso y quiero que la novela de Judy Ress sea lectura obligatoria en los seminarios de teología y casas de formación de religiosas/os  y en las facultades de Historia y Sociología para que volvamos a poner nuestros pies sobre la tierra, mirarla, sentirla desde nuestros cuerpos. Salir de los ideales abstractos, dejar de imaginar voluntades superiores, esquemas patriarcales de santidad y volver a nuestro sentir la vida, redescubrir en ella, en nosotras la fuerza y el sentido necesarios para el hoy… Tenemos que ser “tatuadas” por el hoy… y esperar desde el hoy, aunque con dolor y lágrimas, el cambio de relaciones que tiene que empezar desde nosotras/os.

Todo cambia… No más como en la Edad Media viviendo en monasterios feudos, no más en conventos protegidos, no más con ropas oscuras protectoras, los personajes de la novela salen de jeans y camiseta para aventurarse a realizar el sueño de su Dios o de ellas mismas nutridas por el bien común. Cantan canciones de amor y nostalgia y se los que son más  vulnerables en la Historia. Viven su dedicación a los pobres de villas y del campo marcadas por los acontecimientos de las dictaduras militares de Chile y El Salvador en los convulsionados años 60. En este amor colectivo del pueblo lo viven  a diario y en él se dibujan otros amores que no esconden la sed de la individualidad, que no impiden que los sueños personales y la ternura se muestre fuerte hasta la muerte.

La novela histórica de Judy Ress es además de un capítulo de la Historia de la Iglesia en América Latina, un capítulo de la vida de mujeres en América Latina. Muchas de nosotras al asumir la defensa de la causa de los pobres y de nosotras nos hemos encontrado con nuestra historia, con nuestro cuerpo sediento de amor y ternura. Salimos de la perfección idealizada, salimos de los modelos impuestos y sin prometer nada a nadie dejamos que algo grande nos suceda. Experimentamos en cuerpo proprio lo que nos habíamos negado en el modelo de busca de perfección que nos habían enseñado. Y vivimos la atracción de los cuerpos en medio de la guerra que saca la vida de cuerpos. Vivimos algo del amor que nos da fuerza en medio de las bombas, incendios y destrucciones de la guerra de los grandes contra los pequeños y de los pequeños contra los pequeños. Y creemos, creemos que un día veremos la paz, un día veremos la justicia aunque la muerte violenta nos cerque por todos los lados. El amor  que renace “va enredando y enredando como el musguito en la piedra” como canta la querida Violeta Parra.

Judy Ress, mi amiga de tantos años, artista, escultora de palabras, dibujadora de sentimientos confirma sus cualidades extraordinarias de novelista. Es capaz de llevar a sus lectoras y lectores a situaciones de vida donde algo de lo que describe encuentra ecos fuertes en nuestras vidas.

Para sentir y escuchar algo nuevo desde nuestro cuerpo común y desde nuestras memorias vividas o escuchadas hay que leer el libro con ternura y atención. “Sí, puedo oler resurrección en el viento cuando sopla a través de mi ventana abierta. Una ventana abierta puede ser una metáfora del alma…” [4] escribía Meg a Théo…Y una novela bien escrita también…”

Ivone Gebara

Octubre 2015

[1] Cf. p.221

[2] Idem p.222

[3] Cf. p.4

[4] Cf.  p.223

 

 

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